martes, 21 de junio de 2011

SARIO EN 1927


Cuando Alejandra de Kollontay arriba a México como embajadora, a finales de diciembre de 1926, opina que no hay en todo el mundo dos países entre los que existan tanta afinidad como el México moderno y la nueva Rusia. El gobierno de Calles no opina lo mismo porque implementa una política anti-soviética, de la cual no escaparán ni el apoyo que solicitan los ferrocarrileros mexicanos a sus similares rusos, ni la propaganda de películas soviéticas en el Imperial Cinema (que padecerá el papá de Juan Bustillos Oro), ni la misma embajadora. En oposición a esta insidia oficial, se abrirá en los meses siguiente en la capital un cabaret con ambientación de mujicks, parejas de bailes y trineos, pintados por el tovarich Bernatocivh, y el polémico muralista Diego Rivera viajará a la URSS.

En esta ambiente se mueve Sario, el pintor ruso aficionado a pintar rostros de indígenas mexicanos. Llegó sin conocer el idioma español y a principios de 1927 ya medio lo habla. Arribó con un puñado de dólares y para ese año sus telas se cotizan a "quinientos pesos", una cifra estratosférica para la época. En esos días expone en la Casa Pellandini, famosa desde el porfiriato en su prestigiado local de avenida Francisco I. Madero, en pleno centro de la capital.

Un periodista, que considera "tremenda" su obra aunque termina confesando que no la entiende, le hace unas preguntas a Sario. El sólo responde: "No quiero pintar mujeres bonitas; mi querer tipos feos; querer vida, querer indios" y le confiesa su deseo convertirse en "chamula" para volver con cosas de nuestros más ocultos y autóctonos indios.

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